Un húmedo y frío día de invierno
en Buenos Aires, Luna salió a la calle envuelta en su abrigo y su bufanda,
recibiendo el viento fuerte en la cara, tratando de no dejarse vencer por él.
Era un punto pequeño, rojo y encorvado que atravesaba la ciudad con
inexplicable prisa. No le ponía de mal humor el hecho de que bien podría estar
en su casa, tibia al lado de la estufa, rodeada de música y perfume a café. De
hecho, ni siquiera se cruzaban esas ideas por su cabeza.
En su mano todavía sostenía el
celular, y en esa pantalla todavía estaba el mensaje de Paul: “Vení rápido, por
favor.” El aparato sonó otra vez, asustándola. Y luego, el alivio: “No te
preocupes, estoy bien, pero igual necesito que vengas.” Casi soltó un suspiro,
pero no se permitió el segundo necesario para hacerlo. De todas formas, tendría
que haber sabido que nada podía ser tan grave. Es decir, él sí se mostraba raro
esos días; ella pocas veces podía descifrar lo que querían decir sus actitudes,
sus miradas, o incluso las cosas que decía, pero no parecía algo terriblemente
malo. Sí, así era. Trató de convencerse de que así era, al menos.
La verdad era que a veces no
tenía idea lo que Paul podría llegar a ser.
Vivían a unas cuadras, así que en
muy poco tiempo estuvo ante su puerta. Siempre se sentía increíblemente pequeña
ante ella, ante esa casa gigante que parecía que podía venírsele encima. Que la
devoraba cada vez que entraba. Y sin que tocara el timbre, la puerta se abrió.
Lo que vio casi la hizo sonreír: Paul estaba envuelto hasta la cabeza por una
frazada azul, en medias, despeinado y más ojeroso que nunca. No sabía si reír o
llorar, literalmente. En lugar de eso, se acercó y después de acariciarlo, le
dio un pequeño beso en los labios. Se olvidó del tamaño de la casa y del tamaño
del mundo.