Welcome to Paradise

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20 dic 2011

Loneliness

"Al entrar en el parque, me pasó una cosa horrible. Se me cayó al suelo el disco de Phoebe y se hizo mil pedazos. Estaba dentro de su funda, pero se rompió igual. Me dio tanta pena que estuve a punto de echarme a llorar. Recogí todos los pedazos y me los metí en el bolsillo del abrigo. Ya no servían para nada pero no quise tirarlos. Luego entré en el parque. ¡Jo! ¡Qué oscuro estaba!..."

"... Al final me senté en un banco en un sitio donde no estaba tan oscuro. ¡Jo! Seguía tiritando como un imbécil y, a pesar de la gorra de caza, tenía el pelo lleno de trocitos de hielo. Aquello me preocupó. Probablemente cogería una pulmonía y me moriría. Empecé a imaginarme muerto y a todos los millones de cretinos que acudirían a mi entierro. Vendrían mi abuelo, el que vive en Detroit y va leyendo en voz alta los nombres de todas las calles cuando vas con él en el autobús, y mis tías -tengo como cincuenta-, y los idiotas de mis primos (...) Lo sentía muchísimo por mis padres, sobre todo por mi madre, que aún no se ha recuperado de la muerte de Allie. Me la imaginé sin saber qué hacer con mi ropa, y mi equipo de deporte, y todas mis cosas. Lo único que me consolaba es que no dejarían a Phoebe venir a mi entierro porque aún era una cría. Esa fue la única cosa que me animó. Después me los imaginé metiéndome en una tumba horrible con mi nombre escrito en la lápida y todo. Me dejarían allí rodeado de muertos. ¡Jo! ¡Buena te la hacen cuando te mueres! Espero que cuando me llegue el momento, alguien tendrá el sentido suficiente como para tirarme al río o algo así. Cualquier cosa menos que me dejen en un cementerio. Eso de que vengan todos los domingos a ponerte ramos de flores en el estómago y todas esas puñetas... ¿Quién necesita flores cuando ya se ha muerto? Nadie..."

10 sept 2011

Was it just a dream?

"... De repente me eché a llorar. Hubiera dado cualquier cosa por no hacerlo, pero lo hice.
-No, no son ladrones. Sólo roban cinco dólares.
-¡Cállate! -dijo Maurice y me dio un empujón.
-¡Déjale en paz! -dijo Sunny-. ¡Vámonos! Ya tenemos lo que me debía. Venga, vámonos.
-Ya voy -dijo Maurice, pero el caso es que no se iba.
-Vamos, Maurice, déjale ya.
-¿Quién le está haciendo nada? -dijo con una voz tan inocente como un niño. Lo que hizo después fue pegarme bien fuerte en el pijama. No les diré dónde me dio, pero me dolió muchísimo. Le dije que era un cerdo y un tarado.
-¿Cómo has dicho? -dijo. Luego se puso una mano detrás de la oreja como si estuviera sordo-. ¿Cómo has dicho? ¿Qué has dicho que soy?
Yo seguía medio llorando de furia y de lo nervioso que estaba.
-Que es un cerdo y un tarado -le grité-. Un cretino, un timador y un tarado, y en un par de años será uno de esos pordioseros que se le acercan a uno en la calle para pedirle para un café. Llevará un abrigo raído y estará más...
Entonces fue cuando me atizó de verdad. No traté siquiera de esquivarle, ni de agacharme, ni de nada. Sólo sentí un tremendo puñetazo en el estómago.
Sé que no perdí el sentido porque recuerdo que levanté la vista, y les vi salir a los dos de la habitación y cerrar la puerta tras ellos. Luego me quedé un rato en el suelo, más o menos como había hecho cuando lo de Stradlater. Sólo que esta vez de verdad creí que me moría. En serio. Era como si fuera a ahogarme. No podía ni respirar. Cuando al fin me levanté, tuve que ir al baño doblado por la cintura y sujetándome el estómago.
Pero les juro que estoy completamente loco. A medio camino, empecé a hacer como si me hubieran encajado un disparo en el vientre. Mauricio me había pegado un tiro. Y yo iba al baño a atizarme un lingotazo de whisky para calmarme los nervios y entrar en acción. Me imaginé saliendo de la habitación con paso vacilante, completamente vestido y con el revólver en el bolsillo. Bajaría las escaleras en vez de tomar el ascensor. Iría bien aferrado al pasamanos, con un hilillo de sangre chorreando de la comisura de los labios. Bajaría unos cuantos pisos -abrazado a mi estómago y dejando un horrible rastro de sangre-, y luego llamaría al ascensor. Cuando Maurice abriera las puertas me encontraría esperándole, con el revólver en la mano. Comenzaría a suplicarme con voz temblorosa, de cobarde, para que le perdonara. Pero yo dispararía sin piedad. Seis tiros directos al estómago gordo y peludo. Luego arrojaría el arma al hueco del ascensor -una vez limpias las huellas- y volvería arrastrándome hasta mi habitación. Llamaría a Jane para que viniera a vendarme las heridas. Me la imaginé perfectamente, sosteniendo entre los dedos un cigarrillo para que yo fumara mientras sangraba como un valiente.
¡Maldito cine! Puede amargarle a uno la vida. De verdad.
Me di un baño como de una hora, y luego volví a la cama. Me costó mucho dormirme porque ni siquiera estaba cansado, pero al fin lo conseguí. Lo único que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Me hubiera gustado tirarme por la ventana, y creo que lo habría hecho de haber estado seguro de que iban a cubrir mi cadáver en seguida. Me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo."

5 jul 2011

Sensatos e insensatos

"... Tomé un poco de café y medio pastel que, por cierto, estaba más duro que una piedra. El señor Antolini se tomó un cocktail. Los hace bastante fuertes, se le nota. Si no se anda con ojo acabará alcoholizado.
-Comí con tu padre hace un par de semanas -me dijo de repente-. ¿Te había dicho?
-No. No sabía nada.
-Está muy preocupado por ti.
-Sí. Ya lo sé.
-Al parecer, cuando me telefoneó acababa de recibir una carta del director de Pencey en que le decía que ibas muy mal, que hacías novillos, que no estudiabas, que, en general...
-No hacía novillos. Allí era imposible. Falté un par de veces a la clase de Expresión Oral, pero eso no es hacer novillos.
No tenía ganas de hablar del asunto. El café me había sentado un poco el estómago, pero seguía teniendo un dolor de cabeza terrible.
El señor Antolini encendió otro cigarrillo. Fumaba como un energúmeno. Luego dijo:
-Francamente, no sé qué decirte, Holden.
-Lo sé. Es muy difícil hablar conmigo. Me doy cuenta.
-Me da la sensación de que avanzas hacia un fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de... ¿Me escuchas?
-Sí.
Se le notaba que estaba tratando de concentrarse.
-Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen 'Ves a verla'. O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adónde voy a parar, ¿verdad?
-Sí, claro -le dije. Y era verdad. Pero se equivocaba en eso de que acabaré odiando a los que hayan jugado al fútbol en la universidad. En serio. No odio a casi nadie. Es posible que alguien me reviente durante una temporada, como me pasaba con Stradlater o Robert Ackley. Los odio unas cuantas horas o unos cuantos días, pero después se me pasa. Hasta es posible que si luego no vienen a mi habitación o no los veo en el comedor, les eche un poco de menos.
El señor Antolini se quedó un rato callado. Luego se levantó, se sirvió un cubito de hielo, y volvió a sentarse. Se le notaba que estaba pensando. Habría dado cualquier cosa porque hubiera continuado la conversación la mañana siguiente, pero no había manera de pararle. La gente siempre se empeña en hablar cuando el otro no tiene la menor gana de hacerlo.
-Está bien. Puede que no me exprese de forma memorable en este momento. Dentro de un par de días te escribiré una carta y lo entenderás todo, pero ahora escúchame de todos modos -me dijo. Volvió a concentrarse. Luego continuó-. Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que al que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los hombres que en algún momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste no podía proporcionarles, o al menos así lo creyeron ellos. En todo caso dejaron de buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me sigues?
-Sí, señor.
-¿Estás seguro?
-Sí.
Se levantó y se sirvió otra copa. Luego volvió a sentarse. Nos pasamos un buen rato en silencio.
-No quiero asustarte -continuó-, pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente de un modo o de otro por una causa totalmente inane.
Me miró de una forma muy rara y dijo:
-Si escribo una cosa, ¿la leerás con atención?
-Claro que sí -le dije. Y así lo hice. Aún tengo el papel que me dio. Se acercó a un escritorio que había al otro lado de la habitación y, sin sentarse, escribió algo en una hoja de papel. Volvió con ella en la mano y se instaló a mi lado.
-Por raro que te parezca, esto no lo ha escrito un poeta. Lo dijo un psicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que... ¿Me sigues?
-Sí, claro que sí.
-Esto es lo que dijo: 'Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira vivir humildemente por ella.'
Se inclinó hacia mí y me dio el papel. Lo leí y me lo metí en el bolsillo. Le agradecí mucho que se molestara, de verdad. Lo que pasaba es que no podía concentrarme. ¡Jo! ¡Qué agotado me sentía de repente!
Pero se notaba que el señor Antolini no estaba nada cansado. Curda, en cambio, estaba un rato.
-Creo que un día de estos -dijo-, averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso sería un lujo que no podrás permitirte."



Ésta parte del libro especialmente, siempre me dejó pensando muchísimo. Leí El Guardián Entre El Centeno por primera vez cuando tenía 16 años, y me sorprendió y capaz que hasta me fascinó y me asustó un poco la manera en que encontraba a Holden muy igual a mí. Al final, vi las cosas desde afuera y entendí que muchas de ellas no eran del todo agradables, pero eran cosas que no podía evitar, y porqué no hablamos en presente, que todavía no puedo evitar. Pasó muy poco tiempo y todavía sigo pensando muchísimo en ésta parte, más que nada cuando tengo tiempo y la facultad no logra parte de su propósito: quitarme de la mente éste tipo de cuestiones. Más que nada con la frase que recibe Holden en ese pedazo de papel. Porque al final, es a la misma conclusión a la que llegué yo, en cierto sentido. Vivir, supuestamente resignada, a que esa causa por la que alguna vez habría mandado todo a la mierda, se deteriore. Pero de resignación una mierda. Antes, al igual que él, estaba la escuela en medio, y me sentía completamente encarcelada. Ahora que soy "libre" [con MUCHAS comillas] adopté una postura de resignación que se siente distinta porque ya no puedo hacer más en ese establecimiento para cambiarlo. Ahí no tengo derecho a decir o hacer nada, y tengo que resignarme a que cada vez que entro, vea el mismo tipo de caras que veía antes. Trato de seguir manifestando mi presencia a través de mis hermanas. Trato de hacerles ver que pueden hacer algo para que las cosas cambien, que no deben adoptar un papel pasivo en el que todo pasa sin que ellas hagan nada. Porque al final, ese establecimiento es MUY insignificante con respecto a todo lo que nos espera después. Sigo manteniendo firme mi postura, pero ya no puedo hacer más nada en ese lugar. Ahora tengo que hacerlo en otros ámbitos, y espero no terminar tirada en un bar odiando a mis ex-compañeras dentro de unos años... Sí, son insensatos los que mueren por la causa, ¿pero qué tan sensato es dejar que la vida pase viviendo "humildemente" por ella? En todo caso, supongo que pienso en ambas partes, todo el tiempo. No pienso abandonar nada, sino que pienso vivir por mis ideales. No pienso en morir por la causa, porque antes creo que es más importante compartir todos los conocimientos que sean posibles con otros, y no hablo de la educación, vender libros o cualquiera de esas mierdas. Me refiero a simples palabras, cortas, sencillas, que puedan por lo menos dejar pensando a alguien. Y el día en que muera, habré muerto por la causa, porque me habré mantenido firme, y no me habré resignado a formar parte de nada. Siempre lo voy a ser, pero el hecho de que sepamos que hay cosas en las que no estamos de acuerdo, y que siempre que podamos, lo digamos, lo recalquemos, no significa una completa resignación ni que una causa esté perdida. Al fin y al cabo, no somos ni los primeros ni los últimos hombres que "han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella."

27 jun 2010

"... De pronto dejé de encender cerillas y me incliné hacia ella por encima de la mesa. Estaba preocupado por unas cuantas cosas:
—Oye Sally —le dije.
—¿Qué?
Estaba mirando a una chica que había al otro lado del bar.
—¿Te has hartado alguna vez de todo? —le dije—. ¿Has pensado alguna vez que a menos que hicieras algo en seguida el mundo se te venía encima? ¿Te gusta el colegio?
—Es un aburrimiento mortal.
—Lo que quiero decir es si lo odias de verdad —le dije—. Pero no es sólo el colegio. Es todo. Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...
—No grites, por favor —dijo Sally. Tuvo gracia porque yo ni siquiera gritaba.
—Los coches, por ejemplo —le dije en vos más baja—. La gente se vuelve loca por ellos. Se mueren si les hacen un arañazo en la carrocería y siempre están hablando de cuántos kilómetros hacen por litro de gasolina. No han acabado de comprarse uno y ya están pensando en cambiarlo por otro nuevo. A mí ni siquiera me gustan los viejos. No me interesan nada. Preferiría tener un caballo. Al menos un caballo es más humano. Con un caballo puedes...
—No entiendo una palabra de lo que dices —dijo Sally—. Pasas de un...
—¿Sabes una cosa? —continué—. Tú eres probablemente la única razón por la que estoy ahora en Nueva York. Si no fuera por ti no sé ni dónde estaría. Supongo que en algún bosque perdido o algo así. Tú eres lo único que me retiene aquí.
—Eres un encanto —me dijo, pero se le notaba que estaba deseando cambiar de conversación.
—Deberías ir a un colegio de chicos. Pruébalo alguna vez —le dije—. Están llenos de farsantes. Tienes que estudiar justo lo suficiente para poder comprarte un Cadillac algún día, tienes que fingir que te importa si gana o pierde el equipo del colegio, y tienes que hablar todo el día de chicas, alcohol y sexo. Todos forman grupitos cerrados en los que no puede entrar nadie. Los de el equipo de baloncesto por un lado, los católicos por otro, los cretinos de los intelectuales por otro, y los que juegan bridge por otro. Hasta los socios del Libro del Mes tienen su grupito. El que trata de hacer algo con inteligencia...
—Oye, oye —dijo Sally—, hay muchos que ven más que eso en el colegio...
—De acuerdo. Habrá algunos que sí. Pero yo no, ¿comprendes? Eso es precisamente lo que quiero decir. Que yo nunca saco nada en limpio de ninguna parte. La verdad es que estoy en baja forma. En muy baja forma.
—Se te nota.
De pronto se me ocurrió una idea.
—Oye —le dije—. ¿Qué te parece si nos fuéramos de aquí? Te diré lo que se me ha ocurrido. Tengo un amigo en Grenwich Village que nos prestaría un coche un par de semanas. Ibamos al mismo colegio y todavía me debe diez dólares. Mañana por la mañana podríamos ir a Massachusetts, y a Vermont, y todos esos sitios de por ahí. Es precioso, ya verás. De verdad.
Cuanto más lo pensaba, más me gustaba la idea. Me incliné hacia ella y le cogí la mano. ¡Qué manera de hacer el imbécil! No se imaginan.
—Tengo unos ciento ochenta dólares —le dije—. Puedo sacarlos del banco mañana en cuanto abran y luego ir a buscar el coche de ese tío. De verdad. Viviremos en cabañas y sitios así hasta que se nos acabe el dinero. Luego buscaré trabajo en alguna parte y viviremos cerca de un río. Nos casaremos y en el invierno yo cortaré la leña y todo eso. Ya verás. Lo pasaremos formidable. ¿Qué dices? Vamos, ¿qué dices? ¿Te vienes conmigo? ¡Por favor!
—No se puede hacer una cosa así sin pensarlo primero —dijo Sally. Parecía enfadadísima.
—¿Por qué no? A ver. Dime ¿por qué no?
—Deja de gritarme, por favor —me dijo. Lo cual fue una idiotez porque yo ni la gritaba.
—¿Por qué no se puede? A ver. ¿Por qué no?
—Porque no, eso es todo. En primer lugar porque somos prácticamente unos críos. ¿Qué harías si no encontraras trabajo cuando se te acabara el dinero? Nos moriríamos de hambre. Lo que dices es absurdo, ni siquiera...
—No es absurdo. Encontraré trabajo, no te preocupes. Por eso sí que no tienes que preocuparte. ¿Qué pasa? ¿Es que no quieres venir conmigo? Si no quieres, no tienes más que decírmelo.
—No es eso. Te equivocas de medio a medio —dijo Sally. Empezaba a odiarla vagamente—. Ya tendremos tiempo de hacer cosas así cuando salgas de la universidad si nos casamos y todo eso. Hay miles de sitios maravillosos adonde podemos ir. Estás...
—No. No es verdad. No habrá miles de sitios donde podamos ir porque entonces será diferente —le dije. Otra vez me estaba entrando una depresión horrorosa.
—¿Qué dices? —preguntó—. No te oigo. Primero gritas como un loco y luego, de pronto...
—He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados de maletas y trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando un montón de pasta. Iré a mi despacho en taxi o en el autobús de Madison Avenue, y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y trailers. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo que te digo.
—Quizá no. Pero a lo mejor eres tú el que no entiende nada —dijo Sally. Para entonces ya nos odiábamos cordialmente. Era inútil tratar de mantener con ella una conversación inteligente. Estaba arrepentidísimo de haberla empezado siquiera.
—Vámonos de aquí —le dije—. Si quieres que te diga la verdad, me das cien patadas."


El Guardián Entre El Centeno.


Yo sí creo entenderlo, pero es muy deprimente. Deprime tener que concurrir todos los días al mismo lugar, donde la Cooperadora de la escuela le roba a los alumnos y donde después los profesores que hacen paros llegan con sus autos nuevos a quejarse de que todavía somos todos unos pendejos y que no entendemos nada. Es deprimente que todos se hagan los amigos y sean todos unos hipócritas, que en realidad se detestan y se van a cagar mutuamente si tienen oportunidad de hacerlo. Es deprimente que las personas mayores te obliguen a cada rato a comportarte mejor porque el año que viene ya vas a ser mayor de edad. "Comportate, tenés 17 años". Es deprimente que la mayoría de las personas no se den cuenta de nada, absolutamente nada. Que los pasen por encima, que piensen que el gobierno tiene el poder, porque no saben que todos juntos podrían hacerles el culo a los del gobierno. Odio que se la gente se moleste porque les roban, porque personas de otro país trabajan en las calles para ganarse la vida o por lo que hace la presidente que ellos mismos eligieron. Odio que la gente no sepa que no es necesario que pongan plata de sus bolsillos para colaborar con una causa. Odio muchas cosas. Holden, creo que a mí me habría gustado desaparecer también, un día, de la nada. Sólo que yo tal vez habría mandado alguna carta o algo a mi familia. Porque al igual que vos, mis hermanas son mi vida. Tal vez deberías haber pensado en eso.

28 ene 2010

J. D. Salinger (1919-2010)

No sabía que no iba a saber qué decir exactamente hasta el momento en el que comencé a escribir esto. Creo que lo más razonable sería decir que ayer falleció J. D. Salinger, que por si no saben, era escritor, y una de mis influencias a lo que yo intento hacer que se puede decir que es escribir. Porque realmente en el momento en el que me metí en sus palabras, sin saber ni siquiera quién era exactamente el tipo que me estaba expresando sus ideas, me vi más inspirada aún hacia lo que es el hermoso arte de escribir novelas que antes.

No sé si será mi escritor favorito, no podría decir eso con exactitud, pero su obra me dejó mucho más de lo que esperaba de un libro, mucho más que lo que me había imaginado. Leer El Guardián Entre El Centeno era amar cada palabra, quedaba atontada soñando en que había alguien que podía imaginar un personaje como Holden Caulfield, sí que lo estuve. De hecho, seguramente me sé el libro de memoria, pero eso no viene al caso. El hecho es que después de eso, yo misma noté un avance en interesarme más en la escritura, en las historias que intento contar, y eso me llevó a querer estudiarlo en la facultad algún día, si llego, por supuesto.

Voy a intentar, como intentó él y muchos grandes más, dejar algo mediante mis palabras, algo como lo que dejó él para mí, aunque muchas veces, los mensajes no se dejan del todo claros para algunas personas. Espero poder lograr eso que pretendo, expresarme mediante mi música y mis palabras. Las palabras porque las cosas no se logran de otra manera, y la música porque es la mejor manera de hacer llegar esas palabras a otros, y la manera más bella.

Por eso es que ahora le agradezco, no puedo hacer otra cosa que dar las gracias, por dejarme la enseñanza que me dejó, como le agradecería mil veces a otras grandes influencias. Gracias Jerome David Salinger, y que descanse en paz.