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24 mar. 2010

Día de la Memoria

24 de marzo de 2010, Si bien para llegar a las condiciones que se dieron después hubo que pasar por un proceso previo, hoy se conmemora el comienzo de una de las etapas más oscuras (y en todo el sentido de la palabra) en la historia de nuestro país. Si bien la serie de dictaduras se dio en más de un país de Latinoamérica, voy a hablar de la Argentina, lo que sé y siento respecto a lo que pasó, que si bien no estuve allí, no tuve que sobrevivir esos siete años, sí les tocó de cerca de mucha gente que amo.

En 1976, el gobierno peronista que venía debilitándose desde hacía ya bastante tiempo, fue derrocado por las Fuerzas Armadas, y asumieron Jorge R. Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti a la llamada Junta Militar. No, nadie los llamó ni nadie volvería a elegir un representante en siete años. Había comenzado lo que ellos llamaban “Proceso de Reorganización Nacional”. Y de reorganización, un cuerno.

Visto desde ahora, cuando converso con personas que no lo vivieron, decir que fueron siete años parece muy poca cosa. Siete años se van muy rápido. Y a la vez, me encuentro con gente que parece que todavía sigue en esa época. Todavía les duele pensar en que podrían haber pasado aquellos años de otra manera, algunas que todavía piensan cómo habría sido si ese amigo suyo no hubiera desaparecido, si no hubieran callado tantas voces y demás. Y también están los que se vieron favorecidos, los que pudieron comprarse un autito y circular tranquilamente por las calles porque los militares lo tenían “todo controlado”. Esa sonrisa estúpida se dibujaba por más que sabían que detrás de esa máscara todo apestaba a mierda, y hoy en día me indigna escuchar que esos años fueron mejores.

Fueron tiempos en los que la deuda externa se fue al carajo (y dejo los asuntos económicos ahí porque en realidad me es difícil hablar con exactitud sobre eso), en los que el gobierno intentaba taparnos la realidad (¡pero sólo a nosotros, eh! Porque quédense tranquilos que el extranjero estaba mejor enterado de nuestra situación) y en el que las voces de cualquiera que quería hablar, eran calladas… Y por supuesto, no de la mejor manera.

No había personas iluminadas. No debía haber personas iluminadas, con ideales distintos.

¿Por qué se te privaba de algo tan simple como pensar? ¿Por qué te vendaban los ojos? ¿Por qué sé que si hubiera escrito algo como esto durante esos años, se habrían metido en mi casa a buscarme?

Los dioses lo ven todo. Los dioses lo saben todo. Saben lo que pensas, lo que decís, lo que haces. Saben si en tu casa tenés libros que te prohibieron que leas, o música que te prohibieron que escuches. ¿Así que leías El Principito? Bien… Lo leías. ¿Escuchabas Zamba de mi Esperanza? La esperanza no existe, no la necesitas. No hables con el profesor que vive al lado de tu casa, porque a ese lo va a delatar uno de sus alumnos en la facultad, por ser zurdito, y la vas a ligar vos también, sólo por hablarle. Los dioses lo saben todo, de todo se enteran de alguna u otra forma.

Todos presentían lo que pasaba, o mejor dicho, todos lo sabían. Pero lo mejor era ignorarlo, seguir viviendo. Intentarlo, al menos. Que me peguen si no piensan que ver que un grupo de militares se mete en la casa del fulano de en frente es horrible. Que me peguen si no pueden imaginarse lo horrible que es sentir el pánico subiéndote por la espalda cuando estás a unos metros de tu casa y ves la puerta abierta, el interior oscuro, y sabes que no hay nadie, y que ese alguien que te esperaba no va a volver. Sin ir más lejos, mis propios viejos me pueden contar las veces en las que iban temprano a trabajar y se subían los militares al tres para revisarte. Ellos, mis tíos, mi abuelo, todos lo vivieron. Ninguno quiere que vuelva a suceder, y a mi abuelo no se lo pregunté nunca, pero sé que tampoco hubiera querido.

Todo marchaba sobre rieles. Mientras la gente esté controlada, todo iba a estar bien. Incluso nos dimos un par de lujos. Nos dimos el lujo de ser los anfitriones de un Mundial de Fútbol, que también ganamos, por supuesto. Argentina se llevó la Copa Mundial ese año. Linda casualidad y consuelo para nosotros, ¿no?

Y nos dimos el lujo de comenzar una guerra por la tenencia de las Islas Malvinas. Allá iban los pibes que podían tener mi edad, a luchar por su país en el sur. Se iban a cagar de frío un poco solamente, pero por más inexpertos que sean, por más que no sabían disparar un arma, iba a ser fácil ganar a los ingleses, con sus trajes preparados para todo, incluso aquel frío que pelaba en el Sur, sus soldados adultos y entrenados, y por más mayoría que sean.

En las cosas se quedaban sus madres, abuelas, tías, novias, que les preparaban ropa, comida, chocolates, toneladas de todo lo que pueda servirles para enviarles con la esperanza de que estén y vuelvan bien, junto con todo el apoyo que podían brindarles desde su posición. Y esperaban esperanzadas, aunque esa ayuda nunca llegaba. Tal vez cierta parte de ellas lo sabía, pero no podían dejar que el pesimismo se adueñe de ese momento.

Hoy todavía seguimos discutiendo por ese pedazo de tierra, y los soldados sobrevivientes también se acuerdan cómo fue. Claro que se acuerdan.

Si bien no soy de dar gran importancia a las efemérides (me conformo con saber y sacar una opinión de cada fecha y acontecimiento), esto lo escribo aprovechando la oportunidad de que hay incluso afiches en las calles que dicen “Día de la Memoria”. Pero no es necesario que sea 24 de Marzo para saber éstas cosas. No importa que no lo hayamos vivido, que no tengamos parientes desaparecidos, o que ya no vivamos bajo un gobierno de facto. No tiene que haber un solo día de la memoria. ¿Memoria de quién? De todos. Porque debemos recordar lo sucedido, saber que hubo miles de personas que sufrieron las consecuencias por razones distintas, miles de personas que desaparecieron (no, no están ni muertos ni vivos, señores; están “desaparecidos”), miles de personas que perdieron seres queridos, y un país entero que fue callado, cegado y dejado sordo. Sepamos la verdad, para que ningún cualquiera aparezca y te meta en un “Falcon” siendo sus anteojos oscuros lo último que vieras. Si se preguntan por qué el Golpe de Estado en Honduras fue durísimo para muchos, por más que no lo vivimos acá, fue por eso. Porque persiste en mucha gente el fantasma de esos siete interminables años y porque todavía hay gente que llora por lo sucedido.

No olvidemos, y no dejemos que vuelva a suceder, ni que nadie calle nuestras voces. Que las luces, las mentes, sigan brillando, y recordemos el violento silencio de miles de corazones rotos.