Siento que estoy en verano nuevamente. Este momento de mi vida es verano.
Desde que tuve dieciséis años en adelante, siento que cada etapa de mi vida fue una estación diferente. Sin importar el clima, cuando tenía esa edad, vivía constantemente en verano. Un verano caluroso, movido, divertido. Mi vida era tan colorida y alegre, tan llena de brisas cálidas, que me arrastraban despreocupadas por todos los lugares que vi, que visité. Me aferraba al valor de una amistad que defendía con uñas y dientes, porque me sentía viva, sentía el sol deslumbrarme cada vez que salía y no recuerdo nunca haber bajado la cabeza. No sé si todo esto era exactamente bueno. No había un equilibrio entre lo bueno y lo malo, o mejor dicho, entre lo que yo sentía bueno o malo. Porque de hecho, pasaron cosas malas, cosas horribles, pero me sentía tan agresiva e inquieta que tal vez a lo malo prefería escupirlo y hacerle "fuck you" desde lejos. El verano interminable, que duró desde que tuve dieciséis hasta que tuve casi dieciocho años, fue una etapa de, bueno, sí, rebeldía (aunque no me cae bien esa palabra usada en mí), o mejor dicho, arrogancia. Ahora siempre es viernes, cantaba, y con razón. Mi vida echaba fuego.
Después de eso, como el orden de la naturaleza lo indica, vino el otoño. Que empezó también en el otoño en el que cumplí la mayoría de edad. Fue una etapa que reconozco más corta y de cambios bruscos que, si lo pienso ahora, tal vez no fueron tan reflexivos. Al calificar mi vida desde hace cinco años hasta ahora, trato de calificarla de alguna forma en la que se entienda lo que pasaba por mi mente, y cómo es que todo eso hacía reaccionar a mi cuerpo. No sé para qué o para quién, creo que para mí misma. Últimamente, todo lo que hago lo hago para mí misma. Y no pasaba lo mismo entonces; recién en ese otoño empecé a cuestionar los grandes pilares de mi ideología, forma de pensar, como quiera usted lector llamarle. Pilares que yo misma había creado, y que pensaba (de ahí la "arrogancia") que iba a mantener para siempre. Al comenzar a meterme en situaciones que cuestionaban todo lo que yo había defendido alguna vez sobre la vida, empecé a pensar en que una lucha a nivel interno se estaba por desatar en cualquier momento. Comenzaba a sentir frío. El sol me abandonaba. No estaba equivocada, pero en ese momento preferí no darle importancia para nada. Tal vez porque no pensaba cambiar, o en realidad, porque una de las estupideces en las que creía antes, era que nada podía derribarme a nivel emocional. Me creía capaz de superar cosas que tal vez no eran ni tan simples ni tan conocidas para mí. Ahora pienso que todos cometemos ese error, y no sólo una vez, sino todo el tiempo.
Así que el invierno fue cruel, violento, más violento que mi verano. Lo único que podía hacer era acurrucarme en un rincón, con la mente helada, siento castigada por pensamientos más helados que yo misma. Me sentí joven y estúpida, y a la vez grande y cansada. Muy joven y estúpida porque no tenía ni veinte años y ya deseaba estar llegando a mis últimos días de vida. Y constantemente pensaba (incluso ahora) que la chica de dieciséis años no habría entendido por qué su vida estaba destinada a ser así. Por qué de repente era tan difícil hacerle "fuck you" a los malos pensamientos. Era algo tan impropio de mí, tan extraño, tan débil que tal vez todavía me cuesta entenderlo, y a otras personas también les costó (o no lo entendieron ni trataron). El porqué de ese bajón es largo e interminable de explicar, literalmente hablando. Si lo pienso, todavía se me ocurren más y más cosas que puede encerrar mi inconciente, esas cosas que libera sólo para que se produzcan crisis como esa. Detesto esa sensación, de estar encerrada todo el día, constantemente, de sentir que mi piel se aclara; de que tengo ganas de estar acostada abrazando a mi P-chan, sin salir a ver a nadie, ni que venga a verme nadie. El frío es insoportable. Odio el invierno, y ahora lo dejo atrás. La primavera fue extremadamente corta, y confusa. A veces parecía que llovía sólo encima de mi cabeza mientras todos los demás cortaban flores y andaban en bicicleta. Y a veces era todo lo contrario. La primavera es agradable si uno sale de un invierno agradable.
Hoy, cuando salí de mi casa, miré el cielo despejado, celeste y brillante y pensé: "Ya estoy en verano otra vez". No es un verano agresivo, sino un verano de diversión y casi optimismo. Tal vez siga siendo arrogante, pero al menos ahora también me siento con confianza por lo que puede venir. Sé que a lo largo de mi vida, viva el tiempo que viva, voy a volver a caer en etapas otoñales, de invierno y primavera. Y pienso que aún estoy nuevo, aún tengo tiempo de más. Cada vez que se nuble el cielo, voy a tratar de pensar en eso. Que siempre es viernes, y en el cielo, todavía el sol dice que es verano.
Welcome to Paradise
Página en construcción. Estará lista cuando la paja no le gane a la editora/escritora (o cuando photoshop se porte bien).
Si alguien sabe cosas que empiecen con la letra M, comente acá!
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21 ago 2013
8 jul 2013
Conclusión número 23.
Los amigos no existen.
Sólo existen esas personas que están al lado tuyo cuando, sin darte cuenta, llegaste al final de tu vida y ves que están parados ahí, diciéndote que te van a recordar y que te quisieron. Compañeros. ¿Para qué es necesario que exista una clasificación si hay personas que no sabemos qué relación tienen con nosotros, pero que nos hacen sentir vivos y completos?
Los amigos no existen, los hermanos tampoco y la familia es un invento. Si existen, seguramente son como dioses: Nunca te vas a dar cuenta que son reales hasta que pasás al otro lado.
Sólo existen esas personas que están al lado tuyo cuando, sin darte cuenta, llegaste al final de tu vida y ves que están parados ahí, diciéndote que te van a recordar y que te quisieron. Compañeros. ¿Para qué es necesario que exista una clasificación si hay personas que no sabemos qué relación tienen con nosotros, pero que nos hacen sentir vivos y completos?
Los amigos no existen, los hermanos tampoco y la familia es un invento. Si existen, seguramente son como dioses: Nunca te vas a dar cuenta que son reales hasta que pasás al otro lado.
28 may 2013
Sobre tener veinte
"... Todavía pienso que es una edad bastante buena (los diecinueve años). Quizá la mejor edad. Tal vez bailes rock and roll durante toda la noche, pero cuando la música acaba y la cerveza termina, puedes pensar. Y soñar grandes sueños. El citado chico de la patrulla te pone finalmente en tu sitio, y si comienza con poca cosa, vaya, pues no quedará casi nada excepto el dobladillo de los pantalones cuando haya acabado contigo. "¡Búscate un sueño!", te grita mientras da un paso al frente con su libreta de infracciones en la mano. No es tan malo tener un poco de arrogancia (o incluso mucha), aunque tu madre indudablemente te diría todo lo contrario. La mía lo hacía. "Al que escupe al cielo en la cara le cae, Stephen", decía ella... y luego descubrí -cuando mi edad rondaba los 19x2- que al final te cae encima de todos modos. O te escupen por otro lado. A los diecinueve años pueden pedirte el documento de identidad en los bares y decirte que te largues, pueden ponerte de patitas en la calle, pero, por Dios, no te pueden pedir la documentación cuando te sientas a pintar un cuadro, escribir un poema o contar una historia; si lees esto y eres muy joven, no permitas que los mayores te digan otra cosa. Seguramente no has estado nunca en París. No, nunca corriste delante de los toros en Pamplona. Sí, eres un jovencito al que le empezó a crecer la barba hace tres años, ¿y qué pasa? Si no comienzas a ser lo suficientemente grande para tener los pantalones largos, ¿cómo podrás llenarlos cuando crezcas? Pisa el acelerador a pesar de todo lo que la gente te diga, esa es mi idea; siéntate y fúmate eso, nene."
Sobre tener diecinueve (y algunas cosas más), Stephen King.
Mi relación con mis propios cumpleaños (o tal vez con los cumpleaños en general) es algo contradictoria tanto para mí como para los demás. Por un lado, está la sensación de rechazo que me genera el hecho de que toda persona que conozcas te recuerde que bueno, ya pasaste un año más en este mundo y que estás terminando una etapa o próximo a terminarla. Pienso que de alguna forma, todos rechazamos esa "antigüedad", ya sea porque queremos quedarnos atrapados en algún momento de la vida, o porque hicimos que termine rápido y ese tiempo no vuelve. De cualquier forma, a todos se les cruzó la idea alguna vez, y conozco gente de la edad de mi madre que siguen luchando contra eso, como si no se resignaran nunca a que los cuerpos de todos son descartables para el mundo. Si a mí no me agrada cumplir años es simplemente porque no rechazo ni festejo la idea de ser más vieja. Como dijo alguien, "igualmente, todos nos vamos a morir", y es verdad. No es una conclusión amarga, sino todo lo contrario. Olvidarse de que existe una cuenta que todos los años te dice que tenés "un año menos", debería motivarnos a sentir cada vez más. Creo que hasta el día de hoy, las personas que amé y amo saben sobre mis sentimientos, que los que odio también lo saben, y a los que no amo ni odio les puedo decir que todavía nos queda mucho tiempo como para que pasen a ser algo en mi vida. Ese es el otro lado de mi relación con los cumpleaños; el lado de aceptación que dice que todo puede pasar, que a partir de ahora puede llegar algo que dé vuelta la mesa de repente. Eso también ES VERDAD.
Si hay algo que aprendí a la edad de los diecinueve años, es que toda esa cita es verdad. Sigo metida en esa época de arrogancia y orgullo, tengo claros ejemplos de mis ambiciones a corto y a largo plazo. Pero a la vez, empezaron a atajarme ciertas cosas, me hicieron caer y una vez que pasó, con los pies firmes sobre la tierra, pensé que bueno, acababa de tener una explosión emocional interna completamente nueva. Estuve metida en eso todo el año pasado, y tal vez el anterior. Si ahora viera a mi yo de diecisiete años, la abrazaría y tal vez me pondría a llorar, y ella seguramente no entendería qué corno pudo haberme transformado en alguien que llora porque sí. No creo ser más débil que a los diecisiete, ni tampoco más fuerte, pero conocí una parte de mí que había esperado el momento indicado para salir. Una parte mucho más emocional que se agarró de los pelos con la Celes racional y organizada de siempre, y ahora creo que ninguna de las dos partes ganó. Se hicieron una, al menos por ahora, hasta que vuelvan a querer matarse en algún otro momento. Hasta entonces, espero.
Por esa batalla, perdí muchas cosas, y también gané otras. Puedo decir que ahora no entro a mis clases mirando adelante y pensando "no hables con nadie, no seas amable con nadie, no escuches a nadie, no te relaciones con nadie". Y bueno, es un progreso. Pero a la vez, por haber pensado de ésa ridícula forma en algún momento, perdí otras cosas. Gente, en realidad. El primer ejemplo de comportamiento estúpido que se me ocurre es el no haber saludado a ciertas personas en sus propios cumpleaños, por más de que tal vez no eran personas con las que seguía hablando. Es decir, eran personas de las cuales me acordé, y por pensar que YO no valía la pena, les había negado un saludo, cuando siempre pensé que en realidad, por más de que los cumpleaños no son mis prioridades, si alguien significó algo para vos y te acordaste, está bueno decírselo. No tiene nada de extraño o desubicado. Después la vida sigue. Vos seguís, y tal vez no vuelvas a hablar con esa amiga de primaria a la que le dijiste "felices diecinueve", porque no tenés ganas o ella no tuvo ganas, ¿pero qué importa? Cuando uno empieza a ponerse viejo, se apresura por no perder oportunidades... Además de empezar a hablar en tercera persona refiriéndose a sí mismo como "uno" (chiste malo).
Hoy creo que el balance que encontré en los últimos meses es fundamental para seguir viviendo. No puedo decirle a Celes emocional que no llore sólo para demostrar firmeza, y Celes racional tiene que entender que a veces tampoco está mal llegar a tu casa y tirarte en la cama a llorar como si tu perro se hubiera muerto. Encontrar un equilibrio es difícil, más si estás saliendo de los diecinueve años y todavía seguís cargado de sueños, imaginación y hormonas... Bueno, no sé porqué dije "hormonas", tiene que ver, LO JURO. No festejo este cumpleaños como cualquier otro. Este año en sí es diferente porque en algún momento cerré una etapa, y tal vez me di cuenta de eso la semana pasada, cuando caminaba cuadras muy largas y pensé "¿qué me lleva a cantar mientras camino como si nada hubiera pasado cuando acaba de pasar TODO?". Puedo decir que soy fuerte otra vez, y que al menos la próxima vez que se desate una batalla en mi cabeza, voy a estar preparada. Incluso estoy resignada a que va a volver a pasarme, una y otra, y otra, y otra vez. Por ahora, piso el acelerador, y mundo, ven a mí.
Sobre tener diecinueve (y algunas cosas más), Stephen King.
Mi relación con mis propios cumpleaños (o tal vez con los cumpleaños en general) es algo contradictoria tanto para mí como para los demás. Por un lado, está la sensación de rechazo que me genera el hecho de que toda persona que conozcas te recuerde que bueno, ya pasaste un año más en este mundo y que estás terminando una etapa o próximo a terminarla. Pienso que de alguna forma, todos rechazamos esa "antigüedad", ya sea porque queremos quedarnos atrapados en algún momento de la vida, o porque hicimos que termine rápido y ese tiempo no vuelve. De cualquier forma, a todos se les cruzó la idea alguna vez, y conozco gente de la edad de mi madre que siguen luchando contra eso, como si no se resignaran nunca a que los cuerpos de todos son descartables para el mundo. Si a mí no me agrada cumplir años es simplemente porque no rechazo ni festejo la idea de ser más vieja. Como dijo alguien, "igualmente, todos nos vamos a morir", y es verdad. No es una conclusión amarga, sino todo lo contrario. Olvidarse de que existe una cuenta que todos los años te dice que tenés "un año menos", debería motivarnos a sentir cada vez más. Creo que hasta el día de hoy, las personas que amé y amo saben sobre mis sentimientos, que los que odio también lo saben, y a los que no amo ni odio les puedo decir que todavía nos queda mucho tiempo como para que pasen a ser algo en mi vida. Ese es el otro lado de mi relación con los cumpleaños; el lado de aceptación que dice que todo puede pasar, que a partir de ahora puede llegar algo que dé vuelta la mesa de repente. Eso también ES VERDAD.
Si hay algo que aprendí a la edad de los diecinueve años, es que toda esa cita es verdad. Sigo metida en esa época de arrogancia y orgullo, tengo claros ejemplos de mis ambiciones a corto y a largo plazo. Pero a la vez, empezaron a atajarme ciertas cosas, me hicieron caer y una vez que pasó, con los pies firmes sobre la tierra, pensé que bueno, acababa de tener una explosión emocional interna completamente nueva. Estuve metida en eso todo el año pasado, y tal vez el anterior. Si ahora viera a mi yo de diecisiete años, la abrazaría y tal vez me pondría a llorar, y ella seguramente no entendería qué corno pudo haberme transformado en alguien que llora porque sí. No creo ser más débil que a los diecisiete, ni tampoco más fuerte, pero conocí una parte de mí que había esperado el momento indicado para salir. Una parte mucho más emocional que se agarró de los pelos con la Celes racional y organizada de siempre, y ahora creo que ninguna de las dos partes ganó. Se hicieron una, al menos por ahora, hasta que vuelvan a querer matarse en algún otro momento. Hasta entonces, espero.
Por esa batalla, perdí muchas cosas, y también gané otras. Puedo decir que ahora no entro a mis clases mirando adelante y pensando "no hables con nadie, no seas amable con nadie, no escuches a nadie, no te relaciones con nadie". Y bueno, es un progreso. Pero a la vez, por haber pensado de ésa ridícula forma en algún momento, perdí otras cosas. Gente, en realidad. El primer ejemplo de comportamiento estúpido que se me ocurre es el no haber saludado a ciertas personas en sus propios cumpleaños, por más de que tal vez no eran personas con las que seguía hablando. Es decir, eran personas de las cuales me acordé, y por pensar que YO no valía la pena, les había negado un saludo, cuando siempre pensé que en realidad, por más de que los cumpleaños no son mis prioridades, si alguien significó algo para vos y te acordaste, está bueno decírselo. No tiene nada de extraño o desubicado. Después la vida sigue. Vos seguís, y tal vez no vuelvas a hablar con esa amiga de primaria a la que le dijiste "felices diecinueve", porque no tenés ganas o ella no tuvo ganas, ¿pero qué importa? Cuando uno empieza a ponerse viejo, se apresura por no perder oportunidades... Además de empezar a hablar en tercera persona refiriéndose a sí mismo como "uno" (chiste malo).
Hoy creo que el balance que encontré en los últimos meses es fundamental para seguir viviendo. No puedo decirle a Celes emocional que no llore sólo para demostrar firmeza, y Celes racional tiene que entender que a veces tampoco está mal llegar a tu casa y tirarte en la cama a llorar como si tu perro se hubiera muerto. Encontrar un equilibrio es difícil, más si estás saliendo de los diecinueve años y todavía seguís cargado de sueños, imaginación y hormonas... Bueno, no sé porqué dije "hormonas", tiene que ver, LO JURO. No festejo este cumpleaños como cualquier otro. Este año en sí es diferente porque en algún momento cerré una etapa, y tal vez me di cuenta de eso la semana pasada, cuando caminaba cuadras muy largas y pensé "¿qué me lleva a cantar mientras camino como si nada hubiera pasado cuando acaba de pasar TODO?". Puedo decir que soy fuerte otra vez, y que al menos la próxima vez que se desate una batalla en mi cabeza, voy a estar preparada. Incluso estoy resignada a que va a volver a pasarme, una y otra, y otra, y otra vez. Por ahora, piso el acelerador, y mundo, ven a mí.
2 nov 2011
Go on!
¿En qué pensaba realmente? La verdad es que es difícil de explicar.
¿Cómo me explico todo lo que pensé desde hace mucho tiempo hasta ahora? Tal vez debería pensar en "lo que pasaría si..." para encontrar una respuesta. Pero de todas formas, no estoy muy convencida de que sea la solución para poder entenderme a mí misma.
¿Cómo reaccionaría yo si...? ¿Si me encuentro de vuelta ahí? Creo que me sentiría feliz, que tal vez una vez sola lloraría, o tal vez me daría un poco de miedo. De cualquier forma, extrañar me hace pensar que sí estaría feliz, pero no estoy segura de que haya un momento indicado para volver a pensar en lo mismo. No voy a volver a hacerlo, pero en cierto sentido, cada vez que vuelva al mismo lugar, voy a pensar en lo que alguna vez sentí. Como dije, es difícil de explicar, incluso para mí.
¿De qué estoy segura entonces? Si respondiera que no estoy segura de nada, estaría mintiendo. Si de algo estoy segura es de que crecemos, cambiamos, pensamos, sentimos... A mí me pasó todo eso y ya si volviera a pisar ese lugar pensaría y sentiría distinto. Y lo bueno, es que cambió para bien. Sin embargo, creo que con sólo pensar en eso, mi corazón late fuerte, pero sólo porque me da un poco de miedo la manera en que me recibirían. No me van a recibir mal, pero nada va a ser como antes. Ahora mi corazón late por otras cosas. De todo eso, estoy segura.
¿Y qué onda con esas "otras cosas"? Trato de sonreírles, y la verdad es que a veces no cuesta tanto. Avanzo, trato de integrar las cosas nuevas y aceptarlas de la mejor manera. Y de hecho, algunas de ellas ya no quiero que se vayan más, por eso las aferro a mí. Ahora hacen mi vida de una manera distinta, y no podría dejarlas ir jamás.
4 oct 2011
Something about yesterday
Desesperado... Pero no sin esperanzas. La sensación era fácil de describir, se resumía todo en esa frase. Los motivos... Eran tantos y los había analizado tantas veces que llegado a ese punto, le habría gustado tener algún tipo de aparato para no pensar más.
Sus pensamientos eran sus verdaderos enemigos entonces. Allí, encerrado en su habitación de hotel, entre esas cuatro paredes, no le preocupaba nadie de afuera realmente, ni las personas que amaba, ni las personas que odiaba. Porque esos lazos que había creado con ellas eran, al fin y al cabo, culpa de él, por lo menos la mayor parte. Había gente que odiaba, y esas personas ni siquiera sabían sobre esto. Había gente que amaba, porque las circunstancias estaban preparadas para que de alguna u otra forma, sienta ese amor. No, no pensaba en el destino, pensaba en su familia, por ejemplo. Era imposible no amarlos. De alguna u otra forma, las cosas que sentía eran culpa sólo de él, y de nadie más. No valía para nada la pena odiar a esas personas, por más fuerte que sea el sentimiento, y sentía además que arruinaba cada vez más la vida de las personas que amaba.
¿Cuál era en realidad el problema? ¿Habían sentido las demás personas esa sensación de no pertenecer? Porque lo único que se le ocurría entonces era que tal vez él no pertenecía a ese lugar. Ni a ese ni a ninguno que no fuera utópico. El lugar en donde realmente se imaginaba viviendo una vida feliz, no existía ni nunca existiría. Y la persona al lado de la cual se imaginaba viviendo, formaba parte de esa feliz y utópica imagen mental.
» Si muero, a nadie le va a importar.
» Es mentira, estamos seguros de que hay personas que van a llorarte.
» Pero después dejarán de llorar. Hasta cierto punto, habrá sido un alivio el encontrarme muerto, porque ya nadie se preocupará por mi salud. Ahora mi teléfono está lleno de llamadas sin atender, porque están pendientes de lo que pueda llegar a hacer o no. Es como estar agonizando y pretender que te alarguen la vida aún más. Sufro y sufren los demás, ¿no es un poco egoísta de mi parte?
Silencio.
» Existe otra solución.
Pero no podía considerarla, así como tampoco podía considerar la idea del suicidio. ¿Qué tan cobarde podía llegar a ser? No tenía el valor de terminar con su vida, pero tampoco creía tener el valor suficiente como para dar todo por... Por algo que al final sabía que no iba a valer la pena.
Pensó en su futuro, en los tiempos que iban a llegar, pensó en cómo se vería a sí mismo en unos años, y no pudo imaginarse otra cosa que no sean sus imágenes utópicas. No se veía de ninguna otra forma que no sea haciendo lo que amaba hacer, viviendo con la persona que amaba, no podía imaginar otra realidad. ¿Podía él imaginarse a sí mismo viviendo una vida después de resignarse a no jugárselas por nada? No... No podía hacerlo. Prefería imaginar una situación alternativa, semejante a la felicidad, pero no una vida llena de todas las cosas que odiaba entonces. Jamás lo aceptaría.
Pero la cobardía, ese sí que era un gran problema. Dejando de lado la idea de terminar con todo, la idea de ir a por todo también le aterraba. ¿Qué pasaba si fracasaba? El rechazo dolía sólo con imaginárselo, le había dolido mucho antes de ser rechazado, porque había pensado en él muchas veces. Además, se vería obligado a comenzar lentamente una especie de "proceso de recuperación", que sería largo e igualmente doloroso, y se encontraría entonces una nueva sensación: la incertidumbre. ¿Qué pasaba después? Porque había pensado muchas veces, de una manera bastante optimista, que todo le salía bien, que sus sentimientos eran correspondidos, que ya no estaría solo; sin embargo, nunca había pensado en lo contrario. También le ponía nervioso pensar en lo contrario. Pero seguramente pasaría, de todas formas, a tener que resignarse, a tener que hacer eso que no quería hacer. Estaba jodidísimo.
No sin esperanzas. Esa esperanza estaba allí todavía, porque no se podía decir que se había arriesgado a todo. Todavía nada de lo que pensaba había comenzado. Allí albergaba la esperanza de que todo cambie y resulte para bien. Mierda, ¿hacía cuánto no le salían las cosas bien? No importaba. Estaba desesperado, cansado de toda la maldita situación, pero todavía no había hecho su primer movimiento. Alguien tendría que acercarse y empujarlo, para que entonces pueda...
-Despertar...
Sus ojos se cerraron, y durmió casi con ansias, porque era el momento que más esperaba del día, y era mucho mejor si al día siguiente, olvidaba las manifestaciones de su inconsciente.
Edit: Esto es algo que escribí porque se me ocurrió y necesitaba escribirlo. No estoy segura de que vaya a incluirlo o no en Yesterday, pero como las chicas se darán cuenta, calza bien. De cualquier manera, queda a su libre interpretación, tanto el contexto del fragmento, como en quién piensan al leer los pensamientos descritos. Thanks for reading!
22 sept 2011
And I started to laugh
-Estás muy feliz, se te nota. -Se sonrió.
Y entonces las lágrimas se acumularon en mis ojos con tal velocidad que me pareció increíble el efecto que pueden tener las palabras en las personas. Más que nada en este caso, porque sabía que era totalmente verdad, y que hacía bastante tiempo que no me sentía tan feliz y con tantas ganas de sonreír.
Mi semana no había empezado bien ni iba a terminar bien, pero había acumulado los momentos necesarios como para continuar flotando en una nube que me adormecía y prácticamente no me dejaba pensar. Y me asusté al encontrarme llorando y riendo a la vez después de escuchar esas palabras. Porque no me habían saltado lágrimas de la risa como suele suceder, sino que de verdad lloraba y reía. Reía, porque me encontré tan transparente, tan vulnerable... Era verdad lo que me había dicho, ¿pero de verdad se notaba tanto? ¿Qué tanto un poco de felicidad podía cambiar las expresiones de mi rostro? Entonces me causó gracia todo, porque estaba feliz, y reía, pero las lágrimas se habían acumulado antes, porque en realidad a la vez sufría. Pero era un sufrimiento tan extraño, porque cuando no estaba sola, cuando no me dejaba llevar por los más oscuros pensamientos, se transformaba en el más hermoso de los sentimientos. Así que lloraba por eso, porque había habido momentos en que ese sentimiento (que en realidad era uno solo y que en realidad se manifestaba en diferentes estados de ánimo), me había hecho pasar malos momentos, me había hecho sentir insignificante, estúpida y abandonada; reía porque, por otro lado, jamás había sentido algo tan extraño y tan... lindo, porque jamás había pensado en cosas tan locas y tan maravillosas.
Cuando paré de reír (o llorar), me sequé las lágrimas y me quedé pensando en todo eso, todo lo que últimamente había cambiado mi cara y me había hecho sentir bien. Sonreí. Definitivamente todavía no veía un fin a todo eso que me pasaba. Sí, podía intentar ponerle fin yo misma, pero bien saben otros que también lo sintieron que es algo muy difícil de realizar, hasta cierto punto incluso parece imposible. Pero tampoco me molestaba sentirme así por el momento. También sabía que iba a volver a llorar y que iba a volver a sentirme mal por ese sentimiento en algún momento. Pero quién sabe qué solución iba a encontrar al final...
Felicidad o tristeza, correspondencia o el olvido. Ya lo pasé antes, y tal vez por eso ahora esté asustada. Sin embargo, debo esperar cualquiera de los dos fines, y cualquiera de ellos será aceptado, siempre y cuando sea mi final, feliz o triste.
28 jul 2011
Momento de inspiración
Si me ponía a pensar, era increíble tal vez la facilidad con que pequeños detalles se transformaban en mi cabeza hasta convertirse en grandes tormentas, que me mantenían en el estado que casi siempre estaba. No sabía en qué momento, ni cómo, ni porqué, de repente me veía envuelta en una niebla tan espesa que salir de ella parecía imposible. Y esa niebla llevaba consigo un sufrimiento inexplicable, un dolor que casi era físico, y miles de pensamientos que de repente afloraban en mi mente como si todos se hubieran puesto de acuerdo para hacer una reunión de té a la misma hora. Conversaban, reían, gritaban, todos a la vez, en el mismo lugar, atraídos por la misma neblina maldita.
Y todo eso no sólo se reservaba para trastornarme durante las noches, pura y exclusivamente a mí. Claro que no, si yo no era más que la primer y más importante víctima. Allí estaba el egoísmo, dispuesto a pedir más de lo que sabía que iba a obtener. ¿Por qué no puedo conseguir lo que quiero? ¿Es que no soy lo suficiente buena en lo que hago o para con los demás? ¿Es que no me esfuerzo demasiado como para merecer recompensas? ¿Por qué, y maldición, de verdad me pregunto porqué, los demás también parecían ponerse de acuerdo en mi contra?
A su lado estaba la amargura, que no sólo me dominaba a mí por completo. Ella sacaba de mi boca los comentarios más ácidos y repulsivos dirigidos hacia cualquiera que se cruce en mi camino. ¿Y qué culpa tenía él o ella si la niebla me perseguía a mí? No lo sabía exactamente, pero no podía contestar a nada que me dijeran de buenas maneras, con verdadero entusiasmo, o simplemente no podía ocultar todas esas cosas que me carcomían por dentro. Amargura y Egoísmo trabajaban juntos a veces, porque Egoísmo le gritaba a la otra que no se detenga, que llene y ocupe todo lo que pueda, que arrastre todo lo que pueda consigo. Y Egoísmo también azotaba al Enojo.
De repente, todo me molestaba. No, no me molestaba, me sacaba de quicio. ¿Por qué no se pudren todos en el mismísimo infierno? Tal vez así se den cuenta de que era mejor prestarme atención a mí, o que era mejor no superar a una pobre mujer que nunca obtuvo lo que se merece. Y ya me importa un bledo si la culpa es mía, culpables eran todos, sólo por mirarme con pena, o por no interesarse en mí. El Enojo no tiene sentido. Era sólo ira que surgía de la nada, de cualquiera acción estúpida, tanto mía como de los demás. Era lo que menos entendía.
Frustración, Odio, Rabia, no entendía porqué todos se reunían para atormentarme de esa forma. Ni siquiera me había sucedido nada demasiado importante como para darle la bienvenida con gusto a esos sentimientos. Pero el mayor de todos, el que encabezaba el grupo y no reía, sino que sonreía con una satisfacción maldita, era la Tristeza. Por detrás del Egoísmo y la Amargura, del Enojo, la Frustración y demás, si se disparaba la Tristeza, se disparaban todos los demás. Era la que conducía aquel grupo de locos.
Sin hablar de ellos de una manera tan abstracta, cuando sabía que estaba en el peor momento de esa reunión, cuando sabía que ya estaba metida de lleno en esa locura, era cuando mi garganta comenzaba a molestarme. Era como si algo se expandiera dentro de ella, hasta que dolía, y mis fuerzas para impedir que siga expandiéndose me hacían doler aún más. Era el llanto, lo que quería expandirse era el llanto. Y a veces me pasaba en los momentos más inoportunos. En la calle, en una reunión con amigas, delante de gente que no quería que me vieran llorar. Y lo soportaba, porque creo que mi semblante ni siquiera parecía demasiado triste como para demostrar tal debilidad. Pero lo cierto es que necesitaba que me detuvieran. Necesitaba que alguien se diera cuenta de todas las señales obvias que demostraban que no estaba bien, y que me dijera sin vergüenza que sabía que yo estaba mal y que, aunque no podrían hacer nada para ayudarme, de todas formas allí había una mano amiga. Sólo necesitaba que me dijeran eso, para que pudiera soltar el llanto de una vez, y suponía... No, estaba completamente segura, que después de eso me sentiría perfectamente. Como el viento que podría disipar esa niebla, como el golpe que pudiera derrumbar el castillo de naipes, o cualquier comparación idiota que se les ocurra. Bueno, eso era lo que yo necesitaba. Tal vez entonces podría pensar en todas las situaciones que me rodeaban de manera más clara, con la mente más despejada. Tenía que encontrar la salida a ese callejón tan oscuro.
Porque lo cierto es que de esa manera no podía pensar con claridad en lo que de verdad me atormentaba. Me atormentó tanto que de un momento a otro ya casi me había olvidado de que ese era el verdadero motivo de mi depresión. Y si quería buscar soluciones, no podría encontrarlas mientras estaba reunido en mi cabeza el Club de la Niebla. Porque ellos me aconsejaban, y entonces no había ni una solución que no estuviera llena de dolor y sufrimiento.
[20% de imaginación; 80% de cuestiones personales]
Etiquetas:
depresión,
pensamientos,
Roshambo,
sentimientos
6 jul 2011
Rest
Hey, can you hear me? I'm calling your name! HELLO? Or is this goodbye?
The gleam in your eyes... it TROUBLES my brain. Will I see it again? So I can rest my head...
Angel! Dancing away...
As long of my thoughts get rearrenged
Angel! Turning away...
Just when things seem to have changed
SO I CAN REST MY HEAD
Hey, can you hear me? I'm calling your name! Hello? Or is this GOODBYE?

The gleam in your eyes... it troubles my brain. Will I SEE IT AGAIN? So I can rest my head.

5 jul 2011
Sensatos e insensatos
"... Tomé un poco de café y medio pastel que, por cierto, estaba más duro que una piedra. El señor Antolini se tomó un cocktail. Los hace bastante fuertes, se le nota. Si no se anda con ojo acabará alcoholizado.
-Comí con tu padre hace un par de semanas -me dijo de repente-. ¿Te había dicho?
-No. No sabía nada.
-Está muy preocupado por ti.
-Sí. Ya lo sé.
-Al parecer, cuando me telefoneó acababa de recibir una carta del director de Pencey en que le decía que ibas muy mal, que hacías novillos, que no estudiabas, que, en general...
-No hacía novillos. Allí era imposible. Falté un par de veces a la clase de Expresión Oral, pero eso no es hacer novillos.
No tenía ganas de hablar del asunto. El café me había sentado un poco el estómago, pero seguía teniendo un dolor de cabeza terrible.
El señor Antolini encendió otro cigarrillo. Fumaba como un energúmeno. Luego dijo:
-Francamente, no sé qué decirte, Holden.
-Lo sé. Es muy difícil hablar conmigo. Me doy cuenta.
-Me da la sensación de que avanzas hacia un fin terrible. Pero, sinceramente, no sé qué clase de... ¿Me escuchas?
-Sí.
Se le notaba que estaba tratando de concentrarse.
-Puede que a los treinta años te encuentres un día sentado en un bar odiando a todos los que entran y tengan aspecto de haber jugado al fútbol en la universidad. O puede que llegues a adquirir la cultura suficiente como para aborrecer a los que dicen 'Ves a verla'. O puede que acabes de oficinista tirándole grapas a la secretaria más cercana. No lo sé. Pero entiendes adónde voy a parar, ¿verdad?
-Sí, claro -le dije. Y era verdad. Pero se equivocaba en eso de que acabaré odiando a los que hayan jugado al fútbol en la universidad. En serio. No odio a casi nadie. Es posible que alguien me reviente durante una temporada, como me pasaba con Stradlater o Robert Ackley. Los odio unas cuantas horas o unos cuantos días, pero después se me pasa. Hasta es posible que si luego no vienen a mi habitación o no los veo en el comedor, les eche un poco de menos.
El señor Antolini se quedó un rato callado. Luego se levantó, se sirvió un cubito de hielo, y volvió a sentarse. Se le notaba que estaba pensando. Habría dado cualquier cosa porque hubiera continuado la conversación la mañana siguiente, pero no había manera de pararle. La gente siempre se empeña en hablar cuando el otro no tiene la menor gana de hacerlo.
-Está bien. Puede que no me exprese de forma memorable en este momento. Dentro de un par de días te escribiré una carta y lo entenderás todo, pero ahora escúchame de todos modos -me dijo. Volvió a concentrarse. Luego continuó-. Esta caída que te anuncio es de un tipo muy especial, terrible. Es de aquellas en que al que cae no se le permite llegar nunca al fondo. Sigue cayendo y cayendo indefinidamente. Es la clase de caída que acecha a los hombres que en algún momento de su vida han buscado en su entorno algo que éste no podía proporcionarles, o al menos así lo creyeron ellos. En todo caso dejaron de buscar. De hecho, abandonaron la búsqueda antes de iniciarla siquiera. ¿Me sigues?
-Sí, señor.
-¿Estás seguro?
-Sí.
Se levantó y se sirvió otra copa. Luego volvió a sentarse. Nos pasamos un buen rato en silencio.
-No quiero asustarte -continuó-, pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente de un modo o de otro por una causa totalmente inane.
Me miró de una forma muy rara y dijo:
-Si escribo una cosa, ¿la leerás con atención?
-Claro que sí -le dije. Y así lo hice. Aún tengo el papel que me dio. Se acercó a un escritorio que había al otro lado de la habitación y, sin sentarse, escribió algo en una hoja de papel. Volvió con ella en la mano y se instaló a mi lado.
-Por raro que te parezca, esto no lo ha escrito un poeta. Lo dijo un psicoanalista que se llamaba Wilhelm Stekel. Esto es lo que... ¿Me sigues?
-Sí, claro que sí.
-Esto es lo que dijo: 'Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira vivir humildemente por ella.'
Se inclinó hacia mí y me dio el papel. Lo leí y me lo metí en el bolsillo. Le agradecí mucho que se molestara, de verdad. Lo que pasaba es que no podía concentrarme. ¡Jo! ¡Qué agotado me sentía de repente!
Pero se notaba que el señor Antolini no estaba nada cansado. Curda, en cambio, estaba un rato.
-Creo que un día de estos -dijo-, averiguarás qué es lo que quieres. Y entonces tendrás que aplicarte a ello inmediatamente. No podrás perder ni un solo minuto. Eso sería un lujo que no podrás permitirte."
Ésta parte del libro especialmente, siempre me dejó pensando muchísimo. Leí El Guardián Entre El Centeno por primera vez cuando tenía 16 años, y me sorprendió y capaz que hasta me fascinó y me asustó un poco la manera en que encontraba a Holden muy igual a mí. Al final, vi las cosas desde afuera y entendí que muchas de ellas no eran del todo agradables, pero eran cosas que no podía evitar, y porqué no hablamos en presente, que todavía no puedo evitar. Pasó muy poco tiempo y todavía sigo pensando muchísimo en ésta parte, más que nada cuando tengo tiempo y la facultad no logra parte de su propósito: quitarme de la mente éste tipo de cuestiones. Más que nada con la frase que recibe Holden en ese pedazo de papel. Porque al final, es a la misma conclusión a la que llegué yo, en cierto sentido. Vivir, supuestamente resignada, a que esa causa por la que alguna vez habría mandado todo a la mierda, se deteriore. Pero de resignación una mierda. Antes, al igual que él, estaba la escuela en medio, y me sentía completamente encarcelada. Ahora que soy "libre" [con MUCHAS comillas] adopté una postura de resignación que se siente distinta porque ya no puedo hacer más en ese establecimiento para cambiarlo. Ahí no tengo derecho a decir o hacer nada, y tengo que resignarme a que cada vez que entro, vea el mismo tipo de caras que veía antes. Trato de seguir manifestando mi presencia a través de mis hermanas. Trato de hacerles ver que pueden hacer algo para que las cosas cambien, que no deben adoptar un papel pasivo en el que todo pasa sin que ellas hagan nada. Porque al final, ese establecimiento es MUY insignificante con respecto a todo lo que nos espera después. Sigo manteniendo firme mi postura, pero ya no puedo hacer más nada en ese lugar. Ahora tengo que hacerlo en otros ámbitos, y espero no terminar tirada en un bar odiando a mis ex-compañeras dentro de unos años... Sí, son insensatos los que mueren por la causa, ¿pero qué tan sensato es dejar que la vida pase viviendo "humildemente" por ella? En todo caso, supongo que pienso en ambas partes, todo el tiempo. No pienso abandonar nada, sino que pienso vivir por mis ideales. No pienso en morir por la causa, porque antes creo que es más importante compartir todos los conocimientos que sean posibles con otros, y no hablo de la educación, vender libros o cualquiera de esas mierdas. Me refiero a simples palabras, cortas, sencillas, que puedan por lo menos dejar pensando a alguien. Y el día en que muera, habré muerto por la causa, porque me habré mantenido firme, y no me habré resignado a formar parte de nada. Siempre lo voy a ser, pero el hecho de que sepamos que hay cosas en las que no estamos de acuerdo, y que siempre que podamos, lo digamos, lo recalquemos, no significa una completa resignación ni que una causa esté perdida. Al fin y al cabo, no somos ni los primeros ni los últimos hombres que "han sufrido moral y espiritualmente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de ellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella."
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