Welcome to Paradise

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16 feb. 2014

Con sai Tigre

Fue una noche que jamás olvidó, pero tan fabulosamente extraña que nunca pudo describir... ni siquiera recordarla racionalmente, del modo en que recordamos los acontecimientos mundanos de nuestras vidas. La comprensión plena solo retornaba a él en sueños, y hasta el final de su vida soñó con la boreastada. Ni tampoco eran pesadillas. Eran sueños buenos. Eran sueños de seguridad.
Hacía calor bajo la sábana, y el bulto durmiente de su compañero daba aún más calor. En cierto momento se deslizó bajo su cobertor lo suficiente para atisbar miles de millones de estrellas esparcidas en la bóveda del cielo, más de las que hubiera visto jamás en su vida. Era como si la tormenta hubiera perforado agujeros diminutos en el mundo por encima del mundo y lo hubiera transformado en un tamiz. Brillando a través se filtraba todo el misterio esplendoroso de la creación. Quizá tales cosas no estuvieran destinadas a ser vistas por ojos humanos, pero Tim estaba seguro de que le había sido concedida una dispensa especial para mirar, pues se encontraba bajo un manto de magia y yaciendo junto a una criatura que hasta los aldeanos más crédulos de Arbolvilla hubiesen tachado de mítica.
Sintió un temor reverencial al alzar la vista a aquellas estrellas, pero también un profundo y duradero deleite, tal como sentía cuando niño, al despertar en mitad de la noche, a salvo y abrigado bajo su colcha, adormilándose medio dentro medio fuera del sueño, escuchando al viento cantar su solitaria canción de otros lugares y otras vidas.
"El tiempo es un ojo de cerradura -pensó mientras contemplaba las estrellas-. Sí, eso creo. A veces nos agachamos y atisbamos a su través. Y el viento que entonces sentimos en la mejilla, el viento que sopla por la cerradura, es el aliento de todo el universo viviente."
El viento rugía en el cielo vacío, el frío se recrudecía, pero Tim Ross yacía a salvo y abrigado, con un tigre durmiendo a su lado. En algún momento él mismo se escurrió en el letargo de un descanso que fue profundo y satisfactorio y no turbado de pesadillas. Se sintió muy pequeñito, como volando en el viento que soplaba por el ojo de la cerradura del tiempo. Yéndose lejos del borde del Gran Cañón, por encima del Bosque Interminable y el Fagonard, sobre la Ruta del Fustaferro, más allá de Arbolvilla -solo un valiente nidito de luces desde su cabalgadura en el viento- y más lejos, más lejos, oh, muchísimo más lejos, a través de los confines de Mundo Medio hasta una enorme Torre de ébano que se erguía en el cielo.
"¡Iré allí! ¡Iré algún día!"
Fue su último pensamiento antes de que el sueño lo raptara.

El Viento por la Cerradura - Stephen King.